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Adictos al poder (I)

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“Naturalmente, el hombre es un bicho bastante vanidoso, y es fácil a quien le toca el liderazgo caer en la miopía de creerse que el centro de la historia es él y no compone otra cosa que un episodio de historieta. La enfermedad existe, porque es hija de la vanidad humana». Éstas son palabras del expresidente de Uruguay, José “Pepe” Mujica, y se refiere a una de las razones por las que algunos líderes políticos se aferran al poder, incluso hasta el día de su muerte. Este trastorno se denomina síndrome de Hubris y se conoce también como adicción al poder.

La historia está plagada de líderes políticos que han sufrido, y sufren, esta disfunción. Fue el médico y político inglés David Owen quien identificó en 2008 este trastorno en personas que ejercen el poder y que se consideran con cualidades excepcionales, creen saberlo todo y actúan dejando a un lado la realidad. Owen identifica a líderes políticos víctimas de esta adicción, si bien el síndrome de Hubris es típico también de quienes ostentan el poder en el campo militar, religioso, empresarial, deportivo o en otras entidades con autoridad.

El término “hibris” procede del griego y hace referencia al “comportamiento arrogante, prepotente y soberbio de quienes ostentan el poder y procuran tener poderes absolutos”. Esta excesiva autoconfianza lleva al líder político a despreciar a otras personas y a actuar en contra del sentido común. Para los antiguos griegos, este comportamiento era deshonroso y digno de ser censurado.

En su libro En el poder y en la enfermedad: enfermedades de jefes de estado y de gobierno en los últimos cien años, David Owen considera que el síndrome de Hubris suele mezclarse, en muchas ocasiones, con el narcisismo y con el trastorno bipolar. Quienes padecen este síndrome, afirma, “se creen invencibles y ven enemigos por todas partes, sobre todo, en quienes se atreven a criticarlos o desenmascararlos”.

Cristina Fernández, Hugo Chávez, George W. Bush, Tony Blair, José María Aznar, Arthur Neville Chamberlain, Adolfo Hitler y Margaret Tatcher son algunos de los políticos que, según David Owen, han padecido el síndrome de Hubris.

Work alcoholic

La adicción al poder puede tener un patrón muy parecido a la adicción al trabajo, lo que los ingleses denominan work alcoholic (alcohólicos del trabajo), en opinión del doctor de Psicología del Trabajo de la Universidad de Huelva, José A. Climent. “La adicción al trabajo se enmascara bajo la apariencia de responsabilidad, dedicación y sacrifico de la vida personal, cuando en realidad se trata de una ocupación excesiva y compulsiva de tiempo y energía que afecta a la salud física y psicológica de la persona y de su entorno”, afirma Climent. “Lo mismo ocurre con los adictos al poder. El líder político también autojustifica su entrega desmesurada, perdiendo la perspectiva de la realidad, creyéndose imprescindible y construyendo una visión irreal de sus posibilidades y de sus actos”.

La persona adicta al poder piensa que sin ella la organización o el país no funciona, y acaba desarrollando una imagen distorsionada, irreal y aumentada de su influencia. En opinión de Climent, “el adicto cree que puede ejercer más poder del que realmente tiene, por eso sus conductas son cercanas al mesianismo y al autoritarismo. Tiende a anular a las personas que tiene alrededor y a imponer un criterio único”.

El neurólogo Peter Garrad es autor del libro La epidemia de Hibris en el liderazgo e investiga sobre modelos neuronales que explican la conducta de presidentes adictos al poder. “Ser obedecido –o creer serlo– magnifica la autoconfianza del poderoso en sus propias habilidades hasta privarle de la capacidad de dudar de sí mismo y aislarle de la realidad”, afirma.

A través del análisis de los discursos, Garrad ha encontrado líderes con síndrome de Hubris en todo el mundo. Y en su país, Reino Unido, señala a Harold Wilson, Margaret Thatcher y Tony Blair. Otros políticos, sin embargo, desarrollan mecanismos de prevención del síndrome que les permiten atenuarlo o no sufrirlo. “John Major, por ejemplo, fue primer ministro británico sin padecer Hibris, al menos por lo que he observado en sus textos”, afirma.

Todo principio tiene un fin, por mucho que un líder intente aferrarse al poder. Pero ¿cuándo llega esa caída? En opinión de Peter Garrad “cuando la realidad se impone. Y es más dura cuanto más intensa y duradera ha sido la Hibris”. Adictos al poder que lo pierden suelen reclamar atención pública, llegando incluso a caer en el ridículo. “El poderoso caído suele mendigar atención como sustituto de su poder perdido. Blair montaba fundaciones y Alex Salmond ha acabado de comediante. El síndrome de abstinencia que sigue al de Hibris puede acabar como el de Harold Wilson, en la locura”.

David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson han recogido los 14 síntomas que caracterizan al síndrome de Hubris, de los cuales, cinco de ellos son específicos (5, 6, 10, 12 y 13), mientras que el resto son similares a otros trastornos de la personalidad: antisocial (11), histriónico (14) y narcisista (criterios 1-4 y 7-9):

1. Propensión narcisista a ver el mundo como un escenario donde ejercitar el poder y buscar la gloria.

2. Tendencia a realizar acciones para autoglorificarse y ensalzar y mejorar su propia imagen.

3. Preocupación desmedida por la imagen y la presentación.

4. Modo mesiánico de hablar sobre asuntos corrientes y tendencia a la exaltación.

5. Identificación con la nación, el estado y la organización.

6. Tendencia a hablar de sí mismo en tercera persona y usar la forma regia de nosotros.

7. Excesiva confianza en su propio juicio y desprecio por el de los demás.

8. Autoconfianza exagerada, tendencia a la omnipotencia.

9. Creencia de que no deben rendir cuentas a sus iguales, colegas o a la sociedad, sino ante cortes más elevadas: la historia o Dios.

10. Creencia firme de que dicha corte les absolverá.

11. Pérdida de contacto con la realidad: aislamiento progresivo.

12. Inquietud, imprudencia, impulsividad.

13. Convencimiento de la rectitud moral de sus propuestas ignorando los costes.

14. Incompetencia ‘hubrística’ por excesiva autoconfianza y falta de atención a los detalles.

Para llegar al diagnóstico de síndrome de Hubris se necesita la presencia de, al menos, 3 de los 14 criterios, siendo como mínimo uno de ellos de los considerados específicos.

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