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Adictos al poder (II)

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El octavo emir de Córdoba y primero en usar el título de califa, Abderramán III, acumuló más de 50 años de reinado triunfal. No le faltó de nada. En sus incursiones llegó hasta Francia y Fez, Orán y Túnez. La cultura alcanzó un gran esplendor durante su reinado y acumuló grandes fortunas, de las que supo disfrutar. “Pocos hombres han tenido tantos motivos para estar satisfechos con su propio destino”, escribe Juan Antonio Vallejo-Nájera.

Padecía, sin embargo, la “enfermedad sagrada”, una patología que compartió con Julio César y Napoleón, y que se manifestó en la obsesión por el orden y la organización. Esta obstinación en el detalle le llevó a anotar cuidadosamente, y con toda precisión, el número de días en los que había sido feliz.

Meses antes de morir, en uno de los intervalos libres de síntomas de la enfermedad psíquica que padecía, hoy llamada “melancolía involutiva”, dictó el balance de su vida en lo que, según Vallejo-Nájera, constituye uno de los documentos más interesantes de la relación entre poder absoluto y felicidad:“He reinado más de cincuenta años, en victoria o en paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: SUMAN CATORCE. Hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno”.

Poder y felicidad no necesariamente van unidos y, sin embargo, hay quienes se resisten hasta las últimas consecuencias a abandonarlo, aun a costa de su propia vida. Hugo Chávez falleció ejerciendo el poder; Alan García y Salvador Allende se suicidaron, y Fidel Castro murió virtualmente ejerciendo el poder a través de su hermano Raúl. Son sólo algunos ejemplos de cómo unos dirigentes, de una u otra manera, desean perpetuarse en el poder. La palma se la lleva Simón Bolívar, que fue presidente de Venezuela, Colombia, Bolivia y autoproclamado dictador de Perú.

Esta ambición desmedida responde en muchos casos a una adicción al poder o también llamado síndrome de Hubris por el médico y político inglés David Owen, según el cual quienes padecen este síndrome se sienten omnipotentes, se distancian de la realidad viviendo en una especie burbuja donde son incapaces de desarrollar un espíritu crítico sobre ellos mismos y padecen un gran vacío cuando se ven obligados a abandonar la responsabilidad.

La adicción al trabajo, lo que los ingleses denominan work alcoholic, manifiesta un patrón muy parecido a la adicción al poder. Ambos comparten factores que inciden en que la persona manifieste más o menos riesgo de convertirse en adicto. Uno de ellos es la pérdida de identidad.

“En la medida en la que una persona sustenta parte de su identidad en el trabajo tiene más riesgo de que éste termine siendo una adicción. Igual ocurre en la política. En el dirigente que va adquiriendo una identidad política fuerte mientras se despoja de otros roles, como el profesional, y estrecha tanto su vida personal que acaba confundiéndola con su vida pública, existen sin duda señales de alarma de que el poder que le está proporcionando la política puede ser adictivo”, señala el profesor en Psicología del Trabajo de la Universidad de Huelva José A. Climent.

El reconocimiento de uno mismo y la autoaceptación son escudos protectores que actúan contra la adicción al poder y al trabajo. “Un autoconcepto fuerte y un alto nivel de autoestima, es decir, nos aceptamos con nuestras virtudes y nuestros fallos, es una defensa importante ante la perspectiva de que el poder político te acabe consumiendo”, afirma Climent, y añade que “cuando uno se reconoce como persona antes que como político es más capaz de desconectar y de situarse en perspectiva sobre su vida”.

Círculos sociales

Las relaciones sociales constituyen también un factor de riesgo en los casos de work alcoholic. Si la persona termina relacionándose sólo con un estrecho círculo de su entorno laboral o profesional manifiesta más posibilidades de desarrollar este síndrome. Igual que en la política, donde el ejercicio del poder no permite relaciones lineales. Es decir, cuando un dirigente sólo se relaciona con personas de su ámbito es difícil que éstas puedan comportarse con una actitud abiertamente crítica y, por tanto, se está más expuesto a la adulación fácil, a las alianzas y a los compromisos.

“Profesionales o políticos con un círculo de relaciones sociales amplio presentan un factor protector a la adicción al poder, ya que la gente le puede hablar con libertad. Esto, sin embargo, resulta trabajoso para el afectado, porque en las relaciones sociales normales, para caer bien socialmente tenemos que ganarnos los afectos mientras que, en una relación desigual, quien ostenta el poder debe trabajar poco”.

Además de las relaciones sociales, el apoyo social también es indispensable para prevenir la adicción al poder (o al trabajo): “contar con gente cercana, pareja, amigos y familia que hagan esa función de escudo protector es indispensable para el bienestar psicológico y previene muchas disfunciones”, segura Climent.

La dimensión ética que la persona le conceda al trabajo o a la política también tiene mucho que ver con una posible adicción. Si en ambos casos está más relacionada con destacar o imponer su criterio, el afectado va a intentar resistirse a abandonar el poder. El sentido ético de la política que tenían personas como Rubalcaba o Julio Anguita les permitió regresar a su actividad profesional, teniendo ambos todos los condicionantes para haber seguido ostentando ciertas parcelas de poder en sus organizaciones.

Un becario no se convierte en director general de una compañía ni de cabo se pasa a general, pero un militante de base sí puede ser en cuestión de meses presidente del Gobierno. ¿O quién conocía a José Luis Martínez-Almeida fuera de su ámbito de partido antes de ser el alcalde de una de las capitales más importantes de Europa?A diferencia de otros ámbitos, la política no conoce las reglas de progresividad que permite a la persona ir adaptándose en cada uno de esos puestos intermedios. En opinión de Climent, “la no progresividad produce muchos efectos, y la persona que lo padece tiene mucho riesgo de caer en adicción”.

La adicción al poder es una conducta disfuncional que padecen algunos dirigentes. El poder, como la nicotina, es adictivo y explica la resistencia a abandonarlo de quienes lo ejercen. Para Franklin Roosevelt: “el poder es peligroso, enlentece la percepción, nubla la visión, aprisiona a su víctima, por muy bien intencionada que sea, y la aísla en un aura de infalibilidad intelectual contraria a los principios democráticos”.

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